Gracias

Lo que dije durante las 5º Jornadas de Filosofía del Río Uruguay:



Sobre la gratitud

Para empezar quiero agradecer a toda la gente aquí presente. Podían haber hecho otra cosa con su tiempo, pero eligieron compartir este rato conmigo, y se los agradezco de corazón.

Espero que los dibujos expuestos despierten su interés y les resulten estimulantes. Si surgen comentarios o preguntas, me encantaría escucharlos.

También quiero agradecer a Américo, que me abrió las puertas de estas Quintas Jornadas de Filosofía del Río Uruguay. Qué nombre tan poético.

Quiero agradecer al profesorado de Filosofía que le da vida a estas jornadas.

Quiero agradecer a Milagros y a José Luis, que cuidaron cada detalle de la muestra de dibujos. Y a Mario, que me acompaña en esta mesa.

Quiero agradecer a Adriana y a Jorge, los amigos que compartieron su auto conmigo, me trajeron sanos y salvos hasta aquí, y me van a llevar de vuelta a casa el domingo.

Por último, quiero agradecer a la municipalidad, que me da alojamiento esta noche. Y a todo el pueblo de Concepción del Uruguay, que con sus impuestos sostiene a la municipalidad.

¿Por qué tanto agradecimiento?

No es solo cortesía. Lo hago porque la gratitud auténtica —la que siento ahora mismo— genera un estado de bienestar fabuloso. Experimentarla es tan placentero como comerse una chocotorta, pero sin los efectos colaterales de la torta.

¿Qué estamos haciendo cuando agradecemos? Reconociendo que recibimos algo valioso.

¿Y qué hace que algo sea valioso? Dos cosas, sobre todo: que sea necesario —como el aire que respiramos— o que sea escaso y cueste esfuerzo conseguirlo —como el oro.

El aire es un buen ejemplo de esta paradoja. Es necesario, y eso lo hace objetivamente valioso. Pero como no es escaso ni cuesta nada, casi nunca lo valoramos.

Conocí a una persona que durante la pandemia contrajo COVID-19 y estuvo muy grave. Me contaba que en los peores momentos le costaba un esfuerzo enorme respirar. Para sus pulmones, el aire dejó de ser gratuito: se volvió escaso, costoso. Cada respiración era tremendamente valiosa.

Cuando no valoramos algo, tampoco lo cuidamos. Con el aire creemos que siempre estuvo ahí para nosotros y que siempre va a estar. Pero eso no es cierto.

La Tierra se formó hace 4.500 millones de años. La atmósfera con la composición de gases que respiramos hoy apareció recién hace 500 millones. Durante todo ese tiempo se fueron generando las causas y condiciones que hicieron posible el aire que respiramos. Y cuando esas condiciones dejen de cumplirse, el aire también va a 4dejar de estar.

El oxígeno lo fabrican bosques, selvas y océanos: ecosistemas que la actividad humana degrada día a día. Pero nos cuesta ver esa relación porque entre la causa y la consecuencia pasa mucho tiempo. Vemos arder el Amazonas o la Patagonia, y como seguimos teniendo aire para respirar, no conectamos una cosa con la otra.

Lo mismo pasa con la educación pública

En nuestro país nos pasa algo parecido con la educación pública: pensamos que siempre estuvo ahí y que siempre va a estar. Y tampoco es cierto.

Por eso no la cuidamos. En los años 90, un gobierno elegido democráticamente le dio un golpe demoledor a la educación pública, y lo dejamos pasar. No le exigimos a los gobiernos que vinieron después que repararan ese daño.

Igual que con el clima, entre la acción destructiva y sus consecuencias pasan muchos años. Aquella reforma fue en los 90, y hoy convivimos con sus efectos: un debate político empobrecido, una dirigencia que no está a la altura de los desafíos, y un electorado fácil de manipular.

Creemos que la educación pública es gratuita. No lo es. Cuesta trabajo y cuesta dinero sostenerla. El dinero lo ponen los ciudadanos —los de ahora y los de generaciones pasadas—. El trabajo lo ponen docentes, no docentes y egresados. Son como los cimientos de un edificio: si faltan, el edificio se cae.

La gratitud nos permite notar todo lo valioso que recibimos. Y ese es el primer paso para cuidarlo y mejorarlo.

Alguien podrá decir: «¿agradecer por algo que es un derecho constitucional?». Sí. No le agradezco a un gobierno ni a un líder. Agradezco el esfuerzo de gente anónima, de distintas épocas, que hizo posible lo que hoy estoy disfrutando. Y ser consciente de ese legado abre una pregunta incómoda: ¿qué les voy a dejar yo, y mi generación, a los que vienen?

La gratitud nos muestra que no estamos solos. Que somos parte de un río de vida y de sueños compartidos que empezó mucho antes que nosotros, y que puede seguir corriendo si hacemos lo correcto.

Y esa conciencia tiene consecuencias muy concretas. Cuando un político «transgresor» nos dice que el que evade impuestos es un héroe, no lo votamos. Porque sabemos que la educación pública —como tantas otras cosas que damos por sentadas— se sostiene con esos impuestos. Si lo olvidamos, si creemos que la educación pública, como el aire, siempre estuvo y siempre va a estar, vamos a ser presa fácil de ese discurso. Y hasta podemos terminar llevando a esa clase de gente a la presidencia de la Nación.

¿Por qué nos cuesta tanto valorar lo que tenemos?

La mente humana tiene un modo de supervivencia que nos mantuvo con vida desde tiempos inmemoriales. Ese modo enfoca la atención únicamente en las amenazas y en las carencias, e ignora todo lo demás. Por diseño, nos impide ver las cosas buenas que recibimos.

A eso se suma un mecanismo llamado «adaptación hedónica»: nos acostumbramos rápido a lo agradable. Pensemos en un estímulo positivo simple: llegamos a casa después de una jornada larga y alguien nos recibió con la cena lista. La primera vez, sentimos que recibimos algo valioso. Si eso se repite todas las noches, en unos meses la adaptación hedónica hará que dejemos de registrarlo.

Mark Twain decía que si uno alimenta a un perro hambriento y le da refugio, el perro nunca lo va a olvidar. Y remataba: esa es la gran diferencia entre un perro y un ser humano.

Los beneficios, más allá de lo simbólico

Hay muchísimos estudios sobre el impacto de la gratitud en el cuerpo y la mente. Cultivarla genera bienestar porque aumenta la serotonina, y una sensación de conexión con los demás porque aumenta la oxitocina. Ayuda a dormir mejor, a reducir el estrés, a normalizar la presión arterial, y es un aliado contra la depresión y la ansiedad.

Cultivar la gratitud es, en el fondo, superar la adaptación hedónica y volver a mirar las cosas con ojos frescos. Con mente de principiante.

Todo esto que describí opera a nivel personal. Pero a nivel colectivo, cultivar una gratitud auténtica nos ayuda a liberarnos de la cultura del saqueo: una manera muy tóxica de entender nuestro lugar en el mundo, que le hace mucho daño a la Argentina.

Pero eso ya es tema para otra charla. Tal vez en las próximas Jornadas de Filosofía del Río Uruguay, aquí, junto a este río que —como la gratitud— sigue corriendo mientras cuidemos lo que lo alimenta.

Gracias por su presencia. Gracias por su atención.

Daniel Paz.
Concepción del Uruguay, agosto 2026.